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El neoliberalismo opera en nuestra realidad sensual trabajando nuestras subjetividades a partir del deseo, la sensibilidad y el afecto, lo cual empapa al arte y a la cultura, así diferencía al tiempo que homogeneiza moldeando vidas y deseos. En este sentido, confunde la información por el conocimiento, a la comunicación con la información…

La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia.
Aristóteles

El panorama del arte contemporáneo latinoamericano cambia con velocidad. En estos momentos el foco parece estar sobre Perú, como hace una par de décadas lo estuvo sobre México. De hecho se perciben movimientos intensos por todos lados, contemporaneidades emergentes, como dicen ahora, frente a las escenas consolidadas y herederas de una sólida tradición moderna de Brasil y Argentina.

Sin duda son muchas las circunstancias que confluyen para esta activación de lo contemporáneo, en lo que se refiere a las artes visuales, y el desarrollo local de tejidos institucionales y mercados altamente especializados: fin de etapas violentas, crecimiento económico sostenido, incorporación a los mercados globales de bienes de consumo… El lúcido análisis de José Luis Falconi (1), “No Me Token; or, How to Make Sure We Never Lose the * Completely”, establece dos de los ejes fundamentales para la reflexión que presentamos en estas páginas: las dificultades que se han dado históricamente para encontrar o definir el lugar legítimo de Latinoamérica dentro de la gran matriz cultural de occidente, y el hecho de que la constitución de un nuevo sujeto adherido a la estética contemporánea se deba al desarrollo del capitalismo en los centros de poder tradicionales – es decir, el postfordismo y la globalización – que ha inducido las transformaciones económicas que están en la base de dicha constitución y por ende de la activación de lo contemporáneo. En especial, como Falconi señala, que estos países han pasado de operar solamente como proveedores de materias primas a ser también mercados de bienes de consumo. En la mejor lógica neoliberal, ciudadano y consumidor son categorías que se confunden.